lunes, 2 de julio de 2012

Me confieso.

Me gusta andar sólo cuando no tengo destino y el camino siempre se me queda corto. A veces me siento en la terraza cuando llueve y si no me ve nadie, ando descalza por el césped. Si pienso demasiado, creo que me estoy volviendo loca y les pregunto a mis perros lo que opinan al respecto. No me gustan las discotecas, no me gustan los conciertos, ni me gustan los cubatas (aunque bailo, canto y de vez en cuando vuelco). Si veo películas raras, es para sentirme realizada. Que no digo que no sean arte, pero también lo es el culo de Ashton y aún no lo he visto por Cannes. Aunque de mi armario sólo he vestido la mitad, pierdo el control en rebajas y para no responsabilizarme de mis actos me declaro enferma mental. Si me inspiro, es porque tengo que estudiar y si estoy echada en el sofá siempre pierdo el cajón de las ideas. No sé si lo mío es la publicidad, ni sé si hay algo que sea lo mío. A veces me gustaría dejar de buscarle a todo el sentido y probar a vivir sin más. Que sí, que soy rara, que mi cabeza funciona regular. Que ni yo misma me entiendo, que me soy desconocida y de vez en cuando me sorprendo. Ando siempre buscando respuestas: si no las hay, me las invento y si no hay preguntas, también me las invento. Lo de fumar es una excusa para divagar: en veinte caladas manejo diversas teorías sobre el universo, desde el origen del Big Bang hasta el porqué de tus hoyuelos. Que si tengo frío, tiemblo y si dudo, tiemblo más. Vivo en diferido como extremoduro y no te sé sintonizar. Pero de rarezas se hace este mundo en el que todos nos dejamos llevar. Los sentimientos son de débiles y ¡ay! si nos pusiéramos a contar...


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