El cielo tembló en tu mirada. Los labios temblaron. Las manos también. Mi alma temblaba, temblaban los pies. Tembló la vida. Todo se tambaleó. Que fuerza tiene una palabra, cuan fuerte es si viene de tu voz. Se desvistieron mis ojos de angustia contenida, se murió mi gozo y se suicidó la sonrisa. Quise hablar y todo se quebró en mi boca. Cuanto había dentro de mí se esfumó. Hasta el aire, hasta los latidos, hasta las venas se desvanecieron al verte partir. El viento se detuvo, el sol dejó de arder. ¿Ves que tu voz fue capaz de cambiar el mundo? ¿Ves que destrozaste la Tierra en un segundo? Tu simple adiós arrastró cientos de amaneceres dibujados en mi mente, tiñendo el mañana, destiñéndonos de ropa entre tus sábanas. Todo, todo lo mató. Un maldito adiós que se mezcló con un suspiro, un abrazo que me supo a última vez. Y tu tez blanquecina miró al cielo, el cielo que tembló en tu mirada y yo con él.



