viernes, 14 de octubre de 2011

El cielo tembló en tu mirada.

El cielo tembló en tu mirada. Los labios temblaron. Las manos también. Mi alma temblaba, temblaban los pies. Tembló la vida. Todo se tambaleó. Que fuerza tiene una palabra, cuan fuerte es si viene de tu voz. Se desvistieron mis ojos de angustia contenida, se murió mi gozo y se suicidó la sonrisa. Quise hablar y todo se quebró en mi boca. Cuanto había dentro de mí se esfumó. Hasta el aire, hasta los latidos, hasta las venas se desvanecieron al verte partir. El viento se detuvo, el sol dejó de arder. ¿Ves que tu voz fue capaz de cambiar el mundo? ¿Ves que destrozaste la Tierra en un segundo? Tu simple adiós arrastró cientos de amaneceres dibujados en mi mente, tiñendo el mañana, destiñéndonos de ropa entre tus sábanas. Todo, todo lo mató. Un maldito adiós que se mezcló con un suspiro, un abrazo que me supo a última vez. Y tu tez blanquecina miró al cielo, el cielo que tembló en tu mirada y yo con él.



martes, 11 de octubre de 2011

Un adiós.

"Pero te digo adiós, para toda la vida,

aunque toda la vida siga pensando en ti."

Miguel Ángel Buesa.


Era de noche y los astros dormían cubiertos por un manto de nubes y arropados por los destellos de la luna llena que eclipsaba las farolas. Era la oscuridad y sólo había dos estrellas: nuestras manos cogidas en ese frágil segundo. Los pies hundidos en la arena mojada, el agua que iba y venía; como tu voz, que temblaba. Un murmullo que llamaba a la eternidad.

Paseábamos por el tiempo, nuestro camino eran los recuerdos. No sé si caían ya las lágrimas, pero siento todavía como se me derrumbaba el mundo. Te miré un segundo y te vi tan frágil, tan distinta, tan ajena al mundo que te rodeaba. A penas lograbas mantenerte en pie, presa de dudas, atrapada en un miedo distinto a cualquier otro que te hacía tambalearte.

Nos paramos y el reloj se detuvo. Nos detuvimos y la vida se paró. Y la voz habló. Tu voz, tierna, inocente, que de repente parecía adulta y casi consciente. Nació el adiós que nos hizo eternos. El camino de recuerdos nos convirtió en tiempo, nos condenó al ayer y a intentar volver sobre nuestros pasos para tropezarnos con un sendero que ya se cerró.

Hacía tiempo que lo sabía. Tu cuerpo estaba atrapado en un mundo que no te pertenecía y tu alma había sido vendida a la libertad. De la nada surgió un amor bañado de fugacidad, un amor emborronado con tus dudas, con tu aparente fragilidad. Yo, fuerte, nada diferente; tú, rara, escondida tras una frontera que a veces también era un poco cárcel. Me quite los zapatos para no hacer ruido y entré en tu celda cuando estabas de espaldas. La llené de rosas. Vestí tu miedo de esperanza y en el sueño de nuestro amor casamos nuestras almas.

Pero me dijiste adiós, y hasta yo entendí que no te quedaban fuerzas para regresar una vez más. Aunque seguías allí, presente y asustada, cogiendo mi mano, buscando con miradas el camino hasta mis labios, tampoco yo encontré la voz para gritar, no te supe hacer volver. Y así, quieta, te dejé caminar. La arena se volvió hierba cubierta de pétalos que poco a poco te elevaron, te hicieron volar. Fue entonces cuando sé que cayeron las lágrimas, porque la boca me sabía a sal. El mar que hacía un instante bañaba mis pies, el cielo vacío de estrellas, se quitó el disfraz y poco a poco volví a sentir el suelo del hospital. Tus ojos se cerraron, aunque aún notaba los latidos de tu corazón. Y me encontré yo así, tan frágil, tan distinto, tan ajeno al mundo que me rodeaba.

“El amor, esa palabra tan grande, que a nosotros se nos queda pequeña.”, me dijo tu última sonrisa. Y yo pensé, el amor, esa palabra que se nos queda tan pequeña, que hasta cuando te vas se me hace eterna, me tumba el mundo, me deshace el alma, me hace perseguirte en un laberinto sin salida. Esa palabra que esta noche me lleva a dejarte volar.

Quedó vacía tu cama, recogí la ropa, me despedí en silencio mientras miraba por la ventana. Las hojas de otoño caían; las personas paseaban, sonreían. Y pensé que deberían saber que ya nada era igual, que la vida no seguía, que tu corazón se había parado y el tiempo se había quedado contenido para siempre en ese brillo infinito de tus ojos. Pero ¿a quién le importaba? ¿Quién compartía mi dolor si por siempre viviría tras la frontera que juntos habíamos alzado? Tu cuerpo de marfil, que ya no eras tú, se lo llevaron. Grité al cielo un dónde estás y nadie me dio respuesta, ninguna estrella cayó.

Pero fuimos dioses, dueños de un amor prohibido, un amor vendido que aún me hace soñarte. Te abre la puerta cada noche y deja que te subas a mis pies para bailar por el recuerdo, con la música que hicimos nuestra, con los pasos que pisaron el pasado. Un baile de ritmo y un baile de miradas. Una sonrisa cuartada, enmarcada en el rostro más bonito. Y aunque te diga adiós, para toda la vida, no me bastará una vida para dejarte de amar.




domingo, 9 de octubre de 2011

Y si...?

Lejos, extremadamente lejos de tus besos, intentando cazar las estrellas con los dedos.
Echándote de menos, tu carita de melocotón, tu boca, tu pelo.
Extraño tu presencia, carnívora de tu esencia.


viernes, 7 de octubre de 2011

Dependencia bendita.

Nunca había llorado de felicidad.

En seis millones trescientos siete mil doscientos segundos de existencia,

nunca había llorado de felicidad.

Había estado en bodas, conciertos, orgías y funciones de navidad.

Había comido chocolate en Suiza,

fumado marihuana en Holanda,

bailado tantas horas como tiene la noche en Ibiza.

Se había bañado desnudo en la playa,

había follado y había hecho el amor.

¡Había hecho el amor por primera vez!

Había visto La Vida es Bella, Donnie Darko,

todas las genialidades de Tarantino, Casablanca,

Amelie un domingo por la tarde.

Había visto a Julien morir por Sophie y a Sophie morir por Julien.

Había leído a Neruda bajo la sombra del árbol más apartado.

Había escuchado a los Beatles en disco de vinilo,

se había corrido mientras sonaba Nirvana.

Había soñado. ¡Joder, había soñado tanto!


No llores, no llores, estás conmigo.


Había visto el mundo desde la cima de una montaña,

había contado las estrellas cogiéndole de la mano.

Había tenido el primer beso más bonito del mundo;

en la cima de una montaña, cogiéndole de la mano.

La había desnudado, había besado cada lunar de su piel.

Despacio, la había sentido, cada día, cada momento.

La había querido. ¡Joder, la había querido tanto!


No tiembles, no tiembles, estoy contigo.


Pero nunca, nunca, había llorado de felicidad. En seis millones trescientos siete mil doscientos segundos de existencia, nunca había llorado de felicidad. ¡Podría haber presenciado un puto milagro y no habría echado una lágrima!


Nunca más me iré.


No fue un milagro, fue un lo siento, un te quiero camuflado. Un hipotético volverá cumplido, un cielo abierto que casi le dolía. Nunca había pasado tanto miedo. Se había cortado las alas por temor a las alturas y sería ella quien le haría caer.


lunes, 3 de octubre de 2011

EL PLAN

Un juego en el que todos hacen trampas. Una baraja trucada, un camino con señales falsas y piedras puestas a traición. Un volcán en erupción, donde todo era verde y se va volviendo rojo con la lava. Incandescente, hermoso, te engaña con su calor. Un viaje del que no se sabe nada, un reloj con cuerda limitada que algún día parará. Y, aun así, nos empeñamos en planear. Buscamos sentido a las cosas que no deben tener sentido, nos aventuramos sobre un mañana que nadie sabe cómo vendrá. Pero ¿qué más da? Si de todas formas, no saldremos vivas de esta.

Yo voto por seguir sin más, así, despacito, disfrutando de la curiosidad. Sin presionar al futuro, ¡sin dar por hecho que lo hay! Y sólo preocuparme de que sigas a mi lado, de que si el tiempo ha de ser malo, tú lo vigilarás. Quiero que el viaje sea estúpido, quemar el mapa del camino con un cigarrillo y…andar. Sólo eso, andar.

Yo te cuido y tú me cuidas. Ese es el plan.