viernes, 7 de octubre de 2011

Dependencia bendita.

Nunca había llorado de felicidad.

En seis millones trescientos siete mil doscientos segundos de existencia,

nunca había llorado de felicidad.

Había estado en bodas, conciertos, orgías y funciones de navidad.

Había comido chocolate en Suiza,

fumado marihuana en Holanda,

bailado tantas horas como tiene la noche en Ibiza.

Se había bañado desnudo en la playa,

había follado y había hecho el amor.

¡Había hecho el amor por primera vez!

Había visto La Vida es Bella, Donnie Darko,

todas las genialidades de Tarantino, Casablanca,

Amelie un domingo por la tarde.

Había visto a Julien morir por Sophie y a Sophie morir por Julien.

Había leído a Neruda bajo la sombra del árbol más apartado.

Había escuchado a los Beatles en disco de vinilo,

se había corrido mientras sonaba Nirvana.

Había soñado. ¡Joder, había soñado tanto!


No llores, no llores, estás conmigo.


Había visto el mundo desde la cima de una montaña,

había contado las estrellas cogiéndole de la mano.

Había tenido el primer beso más bonito del mundo;

en la cima de una montaña, cogiéndole de la mano.

La había desnudado, había besado cada lunar de su piel.

Despacio, la había sentido, cada día, cada momento.

La había querido. ¡Joder, la había querido tanto!


No tiembles, no tiembles, estoy contigo.


Pero nunca, nunca, había llorado de felicidad. En seis millones trescientos siete mil doscientos segundos de existencia, nunca había llorado de felicidad. ¡Podría haber presenciado un puto milagro y no habría echado una lágrima!


Nunca más me iré.


No fue un milagro, fue un lo siento, un te quiero camuflado. Un hipotético volverá cumplido, un cielo abierto que casi le dolía. Nunca había pasado tanto miedo. Se había cortado las alas por temor a las alturas y sería ella quien le haría caer.


No hay comentarios:

Publicar un comentario