martes, 11 de octubre de 2011

Un adiós.

"Pero te digo adiós, para toda la vida,

aunque toda la vida siga pensando en ti."

Miguel Ángel Buesa.


Era de noche y los astros dormían cubiertos por un manto de nubes y arropados por los destellos de la luna llena que eclipsaba las farolas. Era la oscuridad y sólo había dos estrellas: nuestras manos cogidas en ese frágil segundo. Los pies hundidos en la arena mojada, el agua que iba y venía; como tu voz, que temblaba. Un murmullo que llamaba a la eternidad.

Paseábamos por el tiempo, nuestro camino eran los recuerdos. No sé si caían ya las lágrimas, pero siento todavía como se me derrumbaba el mundo. Te miré un segundo y te vi tan frágil, tan distinta, tan ajena al mundo que te rodeaba. A penas lograbas mantenerte en pie, presa de dudas, atrapada en un miedo distinto a cualquier otro que te hacía tambalearte.

Nos paramos y el reloj se detuvo. Nos detuvimos y la vida se paró. Y la voz habló. Tu voz, tierna, inocente, que de repente parecía adulta y casi consciente. Nació el adiós que nos hizo eternos. El camino de recuerdos nos convirtió en tiempo, nos condenó al ayer y a intentar volver sobre nuestros pasos para tropezarnos con un sendero que ya se cerró.

Hacía tiempo que lo sabía. Tu cuerpo estaba atrapado en un mundo que no te pertenecía y tu alma había sido vendida a la libertad. De la nada surgió un amor bañado de fugacidad, un amor emborronado con tus dudas, con tu aparente fragilidad. Yo, fuerte, nada diferente; tú, rara, escondida tras una frontera que a veces también era un poco cárcel. Me quite los zapatos para no hacer ruido y entré en tu celda cuando estabas de espaldas. La llené de rosas. Vestí tu miedo de esperanza y en el sueño de nuestro amor casamos nuestras almas.

Pero me dijiste adiós, y hasta yo entendí que no te quedaban fuerzas para regresar una vez más. Aunque seguías allí, presente y asustada, cogiendo mi mano, buscando con miradas el camino hasta mis labios, tampoco yo encontré la voz para gritar, no te supe hacer volver. Y así, quieta, te dejé caminar. La arena se volvió hierba cubierta de pétalos que poco a poco te elevaron, te hicieron volar. Fue entonces cuando sé que cayeron las lágrimas, porque la boca me sabía a sal. El mar que hacía un instante bañaba mis pies, el cielo vacío de estrellas, se quitó el disfraz y poco a poco volví a sentir el suelo del hospital. Tus ojos se cerraron, aunque aún notaba los latidos de tu corazón. Y me encontré yo así, tan frágil, tan distinto, tan ajeno al mundo que me rodeaba.

“El amor, esa palabra tan grande, que a nosotros se nos queda pequeña.”, me dijo tu última sonrisa. Y yo pensé, el amor, esa palabra que se nos queda tan pequeña, que hasta cuando te vas se me hace eterna, me tumba el mundo, me deshace el alma, me hace perseguirte en un laberinto sin salida. Esa palabra que esta noche me lleva a dejarte volar.

Quedó vacía tu cama, recogí la ropa, me despedí en silencio mientras miraba por la ventana. Las hojas de otoño caían; las personas paseaban, sonreían. Y pensé que deberían saber que ya nada era igual, que la vida no seguía, que tu corazón se había parado y el tiempo se había quedado contenido para siempre en ese brillo infinito de tus ojos. Pero ¿a quién le importaba? ¿Quién compartía mi dolor si por siempre viviría tras la frontera que juntos habíamos alzado? Tu cuerpo de marfil, que ya no eras tú, se lo llevaron. Grité al cielo un dónde estás y nadie me dio respuesta, ninguna estrella cayó.

Pero fuimos dioses, dueños de un amor prohibido, un amor vendido que aún me hace soñarte. Te abre la puerta cada noche y deja que te subas a mis pies para bailar por el recuerdo, con la música que hicimos nuestra, con los pasos que pisaron el pasado. Un baile de ritmo y un baile de miradas. Una sonrisa cuartada, enmarcada en el rostro más bonito. Y aunque te diga adiós, para toda la vida, no me bastará una vida para dejarte de amar.




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