No duele echar de más, no duele la plenitud ni el recuerdo que se olvida sin saber olvidar. No quema el adiós si no araña, no pesa el ayer cuando no se esperaba un mañana. No son ciegos los ojos que no quisieron ver amanecer, ni mudo el corazón que escogió callar. Si a dos le restas uno, es uno; así, sin más.
Y, aún con todo, siempre preferí sumar. No esas sumas que responden a la lógica; las otras, las que te asustan, las que te hacen temblar. Esas que nacen del alma, que te visten de angustia, te empujan y te vuelven a levantar. Las que te atan el estómago a la hora de comer y te sellan la boca por miedo a no ganar. Es una ecuación compleja que, de tantas veces, sólo una la consigues resolver. Cuando uno más uno se queda en uno, el miedo da menos miedo, la risa da más risa y el amor se hace sin querer.
Pero duele echar de menos, duele desesperar de tanto esperar y ver que nadie te coge la mano cuando decides saltar. El vacío pesa, el corazón se hace débil y los ojos se quedan ciegos de tanto querer ver lo que ya no está. No me gustan las restas; las lágrimas son amargas, el pasado es difícil de cerrar. Si a uno le restas uno, es cero, como la voz nula que ya no dirá te quiero o las sábanas que desatendidas llorarán esperando a dos cuerpos. Y así, separados, nacerá el adiós que araña porque quema y el ayer que pesa porque carga el tiempo que no fue.
Las matemáticas de la vida, difíciles, jodidas. Este camino largo, incierto, que tanto serpea y tanto se desvía, no es más que un puto problema en el que tienes que intentar que el resultado final sea una suma positiva.




