lunes, 23 de julio de 2012

El regalo


Los copos de nieve danzan al son de los villancicos mientras caen para agolparse frente a su ventana. Hay muñecos de nieve y puestos de chocolate caliente. Cuando enfrenta la mirada con ese paisaje, siente un cosquilleo que anuncia un día especial. Aunque la decisión fue difícil, no se arrepiente al observar ese brillo de ilusión en su mirada.
Hace pocas horas que ha colocado el regalo bajo el árbol de Navidad, envuelto en papel rojo con un lazo dorado. Una tarjeta reza el nombre de Gabriel, escrito en cursiva y con las debidas felicitaciones por haber sido un niño bueno. Elena sonríe y se sienta en el sofá a esperar. Son las seis de la mañana del veinticinco de Diciembre y su hijo pronto despertará.
Toma entre sus manos por última vez esa carta a Santa Claus que el pequeño le dio y la revisa una y otra vez. Videojuegos, consolas y juegos de ordenador. Un juego de mesa se ha colado entre la enumeración de vías a la realidad virtual, pero es la versión moderna de uno antiguo que cuenta con un soporte electrónico, por lo que no se diferencia tanto del resto de propuestas. Suspira y lo dobla por última vez.
A veces, sin querer, vuelve la vista atrás y se ve a sí misma bajo el árbol de Navidad, rompiendo sin piedad paquetes y paquetes con un contenido en común: ilusión. Sus padres, con la mirada disfrazada de sorpresa, la observaban sentados en el viejo sofá rojo, cogidos de la mano. Después, ella corría y saltaba al regazo de su padre, quien le contaba viejas hazañas de cuando, según él, era ayudante de Santa Claus.
Recuerda con especial cariño aquel veinticinco de Diciembre en el que, al abrir su regalo, encontró un caballito de madera que la miraba sonriente. Automáticamente se sentó sobre él y no bajó en el resto del día. Fue vaquera, fue princesa rescatada por un bello corcel, fue caballera de la mesa redonda. Aquel día su imaginación surcó rincones insospechados, volando más alto que cualquier nave espacial de un videojuego. Por la noche, antes de acostarse, le escribió un nombre en el lomo, un nombre robado del libro que su padre guardaba en la mesilla de noche: Hamlet
Aquel caballito fue su más fiel compañero de la infancia. Los demás niños la visitaban para poder cabalgarlo, pues era la envidia de todo el pueblo. Con los años, la niña fue creciendo, mientras que el caballito se quedó igual de pequeño, por lo que lo destinaron sin remedio al cementerio de los objetos inservibles donde fue enterrado bajo capas de polvo.
Con la mirada húmeda, regresa al presente y observa el reloj. Las siete y media, es hora de despertar a Gabriel. Se acerca a su habitación y le susurra al oído que Santa ha pasado por casa y ha dejado regalos. Él responde que hace tiempo que no cree en el viejo de rojo mientras se levanta y corre al salón, revisando mentalmente todo lo que debería aguardarle bajo el árbol. Su madre lo sigue con una sonrisa tranquila, llena de confianza y se sienta en el mismo sofá donde le ha esperado para mirar como rompe ese papel rojo con la cinta dorada.
-¡Esto no tiene la forma de nada de lo que he pedido!-grita Gabriel-¡Es demasiado grande!
Su padre, quien acaba de aparecer, le ordena que sea educado mientras intercambia una mirada de curiosidad con su esposa. No, definitivamente el paquete no tiene forma de videojuego y eso no es lo que había acordado con ella.  Aguarda unos instantes en los que va viendo como un viejo caballito de madera renace de entre el papel que lo envolvía, mirando con ojos brillantes el mundo, recuperando esa magia que había perdido con los años. En su lomo el esbozo de tinta ha sobrevivido a los años. Por siempre sería Hamlet.
-¡¿Qué es esto?!-exclama ofendido Gabriel- ¿Qué me has regalado?
-Infancia-responde su madre- Te he regalado infancia.

lunes, 2 de julio de 2012

Me confieso.

Me gusta andar sólo cuando no tengo destino y el camino siempre se me queda corto. A veces me siento en la terraza cuando llueve y si no me ve nadie, ando descalza por el césped. Si pienso demasiado, creo que me estoy volviendo loca y les pregunto a mis perros lo que opinan al respecto. No me gustan las discotecas, no me gustan los conciertos, ni me gustan los cubatas (aunque bailo, canto y de vez en cuando vuelco). Si veo películas raras, es para sentirme realizada. Que no digo que no sean arte, pero también lo es el culo de Ashton y aún no lo he visto por Cannes. Aunque de mi armario sólo he vestido la mitad, pierdo el control en rebajas y para no responsabilizarme de mis actos me declaro enferma mental. Si me inspiro, es porque tengo que estudiar y si estoy echada en el sofá siempre pierdo el cajón de las ideas. No sé si lo mío es la publicidad, ni sé si hay algo que sea lo mío. A veces me gustaría dejar de buscarle a todo el sentido y probar a vivir sin más. Que sí, que soy rara, que mi cabeza funciona regular. Que ni yo misma me entiendo, que me soy desconocida y de vez en cuando me sorprendo. Ando siempre buscando respuestas: si no las hay, me las invento y si no hay preguntas, también me las invento. Lo de fumar es una excusa para divagar: en veinte caladas manejo diversas teorías sobre el universo, desde el origen del Big Bang hasta el porqué de tus hoyuelos. Que si tengo frío, tiemblo y si dudo, tiemblo más. Vivo en diferido como extremoduro y no te sé sintonizar. Pero de rarezas se hace este mundo en el que todos nos dejamos llevar. Los sentimientos son de débiles y ¡ay! si nos pusiéramos a contar...