Los copos de nieve
danzan al son de los villancicos mientras caen para agolparse frente a su
ventana. Hay muñecos de nieve y puestos de chocolate caliente. Cuando enfrenta
la mirada con ese paisaje, siente un cosquilleo que anuncia un día especial.
Aunque la decisión fue difícil, no se arrepiente al observar ese brillo de
ilusión en su mirada.
Hace pocas horas que ha
colocado el regalo bajo el árbol de Navidad, envuelto en papel rojo con un lazo
dorado. Una tarjeta reza el nombre de Gabriel, escrito en cursiva y con las
debidas felicitaciones por haber sido un niño bueno. Elena sonríe y se sienta
en el sofá a esperar. Son las seis de la mañana del veinticinco de Diciembre y
su hijo pronto despertará.
Toma entre sus manos
por última vez esa carta a Santa Claus que el pequeño le dio y la revisa una y
otra vez. Videojuegos, consolas y juegos de ordenador. Un juego de mesa se ha
colado entre la enumeración de vías a la realidad virtual, pero es la versión
moderna de uno antiguo que cuenta con un soporte electrónico, por lo que no se
diferencia tanto del resto de propuestas. Suspira y lo dobla por última vez.
A veces, sin querer,
vuelve la vista atrás y se ve a sí misma bajo el árbol de Navidad, rompiendo
sin piedad paquetes y paquetes con un contenido en común: ilusión. Sus padres,
con la mirada disfrazada de sorpresa, la observaban sentados en el viejo sofá
rojo, cogidos de la mano. Después, ella corría y saltaba al regazo de su padre,
quien le contaba viejas hazañas de cuando, según él, era ayudante de Santa
Claus.
Recuerda con especial
cariño aquel veinticinco de Diciembre en el que, al abrir su regalo, encontró
un caballito de madera que la miraba sonriente. Automáticamente se sentó sobre
él y no bajó en el resto del día. Fue vaquera, fue princesa rescatada por un
bello corcel, fue caballera de la mesa redonda. Aquel día su imaginación surcó
rincones insospechados, volando más alto que cualquier nave espacial de un
videojuego. Por la noche, antes de acostarse, le escribió un nombre en el lomo,
un nombre robado del libro que su padre guardaba en la mesilla de noche: Hamlet
Aquel caballito fue su
más fiel compañero de la infancia. Los demás niños la visitaban para poder
cabalgarlo, pues era la envidia de todo el pueblo. Con los años, la niña fue
creciendo, mientras que el caballito se quedó igual de pequeño, por lo que lo
destinaron sin remedio al cementerio de los objetos inservibles donde fue
enterrado bajo capas de polvo.
Con la mirada húmeda,
regresa al presente y observa el reloj. Las siete y media, es hora de despertar
a Gabriel. Se acerca a su habitación y le susurra al oído que Santa ha pasado
por casa y ha dejado regalos. Él responde que hace tiempo que no cree en el
viejo de rojo mientras se levanta y corre al salón, revisando mentalmente todo
lo que debería aguardarle bajo el árbol. Su madre lo sigue con una sonrisa
tranquila, llena de confianza y se sienta en el mismo sofá donde le ha esperado
para mirar como rompe ese papel rojo con la cinta dorada.
-¡Esto no tiene la
forma de nada de lo que he pedido!-grita Gabriel-¡Es demasiado grande!
Su padre, quien acaba
de aparecer, le ordena que sea educado mientras intercambia una mirada de
curiosidad con su esposa. No, definitivamente el paquete no tiene forma de
videojuego y eso no es lo que había acordado con ella. Aguarda unos instantes en los que va viendo
como un viejo caballito de madera renace de entre el papel que lo envolvía,
mirando con ojos brillantes el mundo, recuperando esa magia que había perdido
con los años. En su lomo el esbozo de tinta ha sobrevivido a los años. Por
siempre sería Hamlet.
-¡¿Qué es
esto?!-exclama ofendido Gabriel- ¿Qué me has regalado?
-Infancia-responde su
madre- Te he regalado infancia.
