"Regalé mi alma
imperecedera
para que nunca
más me duela."
Extremoduro.
No
lo quiero a la luz de la luna, en el casco histórico y con el mechón detrás de
la oreja. No quiero esperarlo, ponerme de puntillas y cerrar los ojos en un
ejercicio de romanticismo forzado. No quiero que el puto príncipe me bese con
cuidado, sin meterme la lengua y sin morderme los labios. Que no me pida
permiso, que no me pida el corazón. Lo quiero contigo, que te de un arrebato y
me comas la boca entera sin pedir perdón. Que me desenvuelvas, que rebusques en
tus bolsillos, que se pare el tiempo en los seis pisos de ascensor. Que tu
puerta sea el comienzo y nunca la despedida. Te quiero así, te quiero judas, te
quiero fumándonos los problemas sobre tu colchón. Desnudos. Oliendo a hierba.
Sabiendo a vida. Te quiero verde, te quiero fácil, te quiero caliente. Rompiendo
pactos, deshaciéndonos las fronteras, prometiendo incumplir cada puta promesa.
Vamos a coleccionar errores, vamos a arrepentirnos de lo que dijimos pero nunca
de lo que no. Quiero ser tu experiencia, tu prueba de juventud. La consecuencia
de una noche, de la siguiente y de la tercera. Que no pare, no quiero ser tu
adiós. No quiero la fecha, no quiero el puerto ni quiero el avión. Te quiero
aquí, te quiero dentro, te quiero a una llamada y pocos metros. Dejarnos
llevar, magrear el plan que compusimos y reinventarnos en cada sonrisa que no
te inventas, cada abrazo que nos pone en duda. Tus buenos días.
Y
mañana, cuando esto acabe, que vuelva a empezar. No quiero ser la princesa de
una torre que no tenga tus sábanas ni la maría en una caja de strepsils.

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